"Te puedes sentar, viajero, en esta casa de piedras: es tarde tal vez bajo tu bandera, en tu patria. Aquí siempre es temprano y el fuego está por encenderse (...) Tú, si quieres permanecer o disolverte, puedes hacerlo. Lo único que se exige es azul"

Estas palabras de Pablo Neruda me parecieron oportunas y cálidas para darte la bienvenida. Sean, entonces, la puerta de entrada a mi casa de palabras. Con ellas y las de Octavio Paz comenzamos a navegar.

..... " La poesía /siembra ojos en las páginas /siembra palabras en los ojos /
..... Los ojos /se cierran. /Las palabras se abren."

domingo, 28 de agosto de 2011

¿Sabemos leer?

Recuerdo cuando niña escuchar a los adultos decir una frase inverosímil: "Ahora estoy leyendo un libro muy interesante." Pensaba yo que esta expresión -dicha con toda seriedad pero sin ningún libro en la mano que la avalara-  era tan absurda que nadie podría tener la ingenuidad de pretender que se la considerara verdadera. Sin embargo los oyentes adultos tomaban con naturalidad el comentario, sin ponerlo en duda, por lo que comencé a sospechar que, como en tantas otras cosas, había allí algo que escapaba a mi entendimiento.
Como para todo niño, leer no era para mí un proceso, un encuentro placentero con un texto con el cual se mantenía cierta distancia y al que se podía abandonar, colocando un marcador entre sus páginas, hasta el día siguiente. Pese a que los libros constituían una atracción irresistible no podía considerar el acto de leer como un hábito similar al cepillarse los dientes ni tampoco definir como pasatiempo aquella experiencia removedora y total que representaba para mí el acceso a la lectura.
Sumergirse en un libro, leerlo -o ser leída por él, como sentí muchas veces- era desconectar totalmente con la realidad, crear un territorio, incluso físico (¡aquella linternita con la que pretendía iluminar las páginas bajo las sábanas!) donde no se dependía más que de uno mismo; una geografía personal, un espacio-tiempo donde era posible reconocerse, descubrirse y echar a andar.
¿Y qué queda, después de tantos años, de aquella lejana experiencia? A primera vista, creemos que nada. Muchas veces no podemos recordar la anécdota, ni los nombres de los personajes, de aquellos relatos que marcaron nuestra infancia. Sin embargo, también ese olvido es lectura. Porque está muy presente, en nuestra memoria, todo el "clima" que acompañó la lectura, todas los hilos de nuestra vida secreta que se fueron entrelazando con lo que leíamos. De imágenes, de palabras escritas por otros, de fragmentos de historias ajenas, vamos construyendo la nuestra.
No volvemos jamás a leer, siendo adultos, con tanta pasión. Tal vez porque ya tenemos una especie de coraza, que a veces confundimos con identidad, que nos dice que ya sabemos quiénes somos, que no es preciso buscarnos.
Hemos domesticado la lectura: después de ella sabemos algo que antes ignorábamos; tal vez hemos disfrutado el momento, pero seguimos siendo los mismos. Consumimos libros como espectadores, convencidos que lo importante es el texto, y no nuestra relación con él. Buscamos apropiarnos de la lectura,  no someternos a ella, porque no estamos dispuestos a oír más que lo que queremos escuchar ni a transformarnos en otra cosa distinta a lo que creemos que somos.
Sólo los niños saben leer.

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